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Mendive: todo
calor, todo luz
Por
Miguel Terry Valdespino
Alguna vez
escribí un artículo titulado ¿Nuestra madre burra?, en
el cual, mediante una seria reflexión del periodista Eduardo
Galeano, intentaba un acercamiento al valor, aún no reconocido
en toda su grandeza, del influjo de la cultura africana en
nuestra cultura insular y dentro de la cultura universal.
Hoy, a golpes de
memoria, no podría repetir los detalles de aquel artículo que
escribí a puro pulmón, orgulloso de mis propios ancestros,
orgulloso por haber desafiado desde mi propia experiencia la
visión recortada, chata y mezquina de quienes, amparados en
falsas purezas, no supieron aquilatar el calibre del mestizaje
cubano, esencia primigenia en la formación de la nacionalidad,
sustento para el alma en noches grises, alimento para crecer en
nuestra autenticidad.
Por eso
agradecemos a Manuel Mendive, el pintor, el amigo residente en
las Lomas de Tapaste, la intensa velada en la Galería de Arte
Universal de Güines, donde Cuba, a través de decenas de
habaneros de las dos provincias, le abrió un espacio conmovedor
para que sus creaciones, pletóricas de sexualidad, colorido,
bondades, misterio,... dejara en los participantes la misma
sensación del hombre que levita o goza de un instante supremo
de amor y de encuentro con sí mismo.
Manuel Mendive,
hombre generoso y capaz, perturbador y polémico, Premio
Nacional de Artes Plásticas en el 2001 (esta tarde recibirá en
Bellas Artes, el Premio), recuerda en sus facciones, sus gestos,
su obra... el carácter recogido, la mirada punzante, de
aquellos hombres arrancados por la fuerza al continente más
hermoso del mundo. En Mendive se reproduce un príncipe
arrancado a las tierras africanas en el siglo XVIII, un
príncipe de palabra cordial, sin más corona que una absoluta
autenticidad en sus pinceles de artista grande del pueblo.
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