Un niño en lo Real Maravilloso: Alejo Carpentier (IV y final)
Por Omar Felipe Mauri

De la enciclopedia no escrita de la piratería en América

Las 15 leguas de tierra de La Habana separaban el monopolio de la Casa de Contratación de Sevilla y el poder pacificador de la flota imperial en los mares del norte, del intrincado y turbulento mundo de la piratería en los mares del sur. Escasamente 30 kilómetros dividiendo mundos antagónicos. Nunca en la historia de la humanidad hubo época tan favorable /ni geografía tan endiabladamente exquisita/ para el desarrollo de la piratería. 

En el centro de ese oasis estaban los escenarios de la infancia de nuestro autor: una Habana más próxima a Salgari, Dumas, Verne, con leyendas vivas de tesoros sepultados, barcos fantasma, largas conspiraciones y venganzas proyectadas sobre los siglos hasta el presente, y herederos que buscan aún hoy sus antepasados.

Pero esas pocas leguas de tierras fueron un reto en las fuerzas turbulentas de la piratería, que en miles de ocasiones intentaron cruzar esa frontera y aniquilar el poder real y vencer las arcas de España en América.

Apelando por ahora a un breve directorio de filibusteros y piratas que atravesaron los campos habaneros en busca del tesoro y la gloria de la capital, debe iniciarse con sir Francis Drake , muy miembro del parlamento británico y muy consejero de su reina Isabel, quien además de la espada con aquella inscripción memorable: Si te pegan a ti un golpe, Drake, es como si nos pegaran a nosotros mismos, le obsequió 30 naves y un ejército de 2 300 hombres para acabar con La Habana.

También ingleses fueron los piratas John Hawkins, almirante y tesorero de la Marina Real, artífice de la derrota de la Armada Invencible Española, el famoso y literaturizado Henry Morgan, Thomas Baskerville, Thomas Maynarde, Juan Oxman, John Racknam, Cólico Jack y su amante la capitana Ann Bonny, el famoso John Hamn Agárralo si puedes, y el pirata científico William Dampier.

Holandeses de igual vocación fueron: Roc el Brasiliano, Alexandre Oliver Esquemeling, pirata cirujano y escritor a quien tanto le debe la historia de América, y que rondó La Habana desde 1666 a 1672, Vaude vin Enrique, Lorenzo de Graff, y William Usselink, quien debería tener un récord Guiness por los 22 163 esclavos africanos que introdujo de contrabando en Brasil. Contaba Holanda además, con Pieter Pieterzon Heyn, y el famoso Cornelizoon Jol Pata de Palo.

Capitanearon a los franceses el indócil Francis El Olonés, Francois Leclerc y Latrobe, y el parco Bartolomé Portugués. En Irlanda descuella el sombrío O´ Donnell, y en España (pero con permiso de corso de La Habana), Bartolomé Valadón y Pepe El Mayorquín, que tanto hicieron contra las propiedades inglesas y francesas en el Caribe.

Por último, Cuba produjo a un tal Andrés González, Andresilllo, y al más mítico de los piratas, el mulato habanero Diego Grillo, quien fuera raptado por Francis Drake –según su propio testimonio al abordar un galeón español en 1572. Al morir Drake, Diego Grillo se asoció con Pata de Palo, pero se independizó rápidamente y con su propia cohorte saqueó Campeche, Veracruz, Cartagena y siempre asedió La Habana; sin embargo, cada vez que la asaltaba era para visitar y besar a su anciana madre (negra liberta) y acariciar algún amor no olvidado. Por lo demás, fue todo un caballero con las mujeres del vencido. Ahorcado en Cuba en 1673, nadie se explica aún cuántos Diego Grillo hubo bajo esa leyenda que duró casi dos siglos.

Después de liquidada la piratería marítima en el Caribe, ya avanzado el siglo XIX, se alza en esta zona la piratería terrestre: el bandidismo y Manuel García, el rey de los campos de Cuba, otra leyenda viva de tesoros y venganzas, literaturizada por muchos escritores de ayer y de hoy.

¿Cuántas de estás historias diluidas en el mito le fueron familiares a Carpentier, tanto en su vida como en sus lecturas infantiles y juveniles? ¿Acaso aquella popular y tan polémica novela de Salgari, La capitana del Yucatán, que transcurre en costas y campos habaneros infestado de piratas? ¿Tal vez los recorridos del Barón de Humbolt por aquellos mismo parajes descubriendo científicamente este nuevo mundo?

Resulta significativo que los personajes de su novela más importante (El siglo de las luces, publicada en México en 1962) hayan escogido la ruta de los prófugos, bandoleros y piratas –es decir el camino de La Habana-Loma de Tierra- Batabanó, tan conocido como útil en los años en que se desarrolla la novela- para embarcarse y huir de Cuba.

También los relatos de Guerra del Tiempo, reunidos definitivamente en 1958, tienen su vórtice en el mar, en los momentos en que una civilización se echa a sus olas, ya sea por el diluvio bíblico, la guerra de Agamenón, las santas cruzadas, la conquista de América o la pacificación de México. 

El mar cobra dimensiones espacio-temporales traslaticias y evolutivas, como terreno propicio para una épica exterior de aventuras, viajes y enfrentamientos humanos, pero a su vez, para una épica interior por la que simultáneamente pasan tiempos históricos diversos y distantes. "Semejantes a la noche" y "El camino de Santiago" disponen de esa maquinaria cronotópica que bien nos puede conducir a un puerto inesperado como a una época ajena. Así sucede también con "Los advertidos", que se disuelve en mitos originarios y cosmogónicos relacionados con el mar.

De la historia del hombre se sirve Carpentier en su Guerra del tiempo para hacernos caer de golpe en la imposibilidad de desentrañar lo que América tuvo y tiene de imaginería y suceso histórico, de fantasía y realidad, y en resumen, de lo real maravilloso.

En casi toda su obra, el mar late como una constante fusión mítico-histórico- religiosa, consecuencia de esos siglos de turbulenta integración y bregar de indios, españoles y africanos, de franceses, ingleses, portugueses, italianos, holandeses, hindúes y chinos, y más recientemente norteamericanos.

El exuberante sistema mágico-religioso que fluye de esas relaciones de mestizaje y transculturación es el cuerpo, la textura, el grano mismo de la realidad que cultivó y plasmó Carpentier. Es preciso convencerse tácita y definitivamente que bajo esas apariencias de barroquismo y jubileo literario no existe más que un real y austero ajuste del lenguaje y el espíritu a la explosión vital de un nuevo mundo, que ni Carpentier ni ningún otro autor ha inventado, sino por el contrario ese mundo los ha formado con su arcilla y su aliento.

El lirismo imaginativo –definía el importante crítico y periodista francés Régis Debray- es la principal forma del realismo/ en este continente/". 

La fiesta de lo invisible

Tras esa desconcertante profusión de formas y esencias que emerge desde los excesos mismos de la naturaleza tropical, hasta una sociedad multiforme y compleja, se encuentra, además, la ruptura habitual del tiempo, la convivencia armónica del pasado y el presente.

América es el único continente –decía Carpentier- donde distintas edades coexisten, donde un hombre del siglo XX puede darse la mano con otro del Cuaternario o con otro de poblados sin periódicos ni comunicaciones que se asemeja al de la Edad Media o existir contemporáneos con otro de provincia más cerca del romanticismo de 1850 que de esta época. 

Desde muy temprano nuestro novelista mayor sintió como naturales estas sincronías. Su propio hogar, su entorno social, su provincia y país son ejemplo muy cercanos. Investigaciones recientes para el Atlas de la Cultura Popular Cubana demuestran que esos sistemas mítico-religiosos, las sincronías y barroquismos mantienen absoluta vigencia y evolucionan al ritmo de los tiempos. Al amplio capítulo de la santería afrocubana o Regla de Ocha –referido antes por la preeminencia azucarera de la región- se suma otro no menos importante que proviene de los mitos, creencias y supersticiones de raíz europea y asiática que portaron otros grupos sociales dedicados al tabaco, la ganadería, el comercio o la pesca. Así por ejemplo, si en la santería hay negros brujos (en el concepto primitivo y tribal), entre las comunidades españolas hay brujas isleña (en un sentido medieval y católico).

Si unos eran guerreros e intérpretes de un mundo invisible y servían de vehículos para corporizar las fuerzas, espíritus y dioses de la naturaleza y colectividad, las otras eran únicamente aliadas de la sombra, sacerdotizas del Mal.

Más curioso resulta aún que éstas y otra multitud de figuras, provenientes de las profundidades de los siglos y que perviven en el substrato del hombre americano (cubano), se exterioricen, "luchen", "beban", "coman", "festejen" y se "gocen" en fin de su "existencia" en las ceremonias y festejes populares que año tras año cumplen los ciclos de la naturaleza.

Carnavales o festejos con diversas denominaciones pero idéntica esencia, cumplen para la colectividad humana que los protagoniza, una función utilitaria, renovando a la vez sus vínculos espirituales con sus antepasados, su cultura y garantizando su futuro. De tal modo esa realidad maravillosa es tan necesaria como la propia realidad. ¿Acaso aquí no son una misma? ¿Acaso puede prescindir nuestro mundo de una parte de sí?

Gustaba Carpentier de crear y recrear en sus obras escenas de fiestas y carnavales en las situaciones y lugares más desconcertantes. En dichas escenas se regocija su espíritu y su lenguaje es más luminoso y sonoro, en tanto, son más osadas y deslumbrante las imágenes de desfiles, músicas y comparsa, fuego de artificio, adornos y disfraces. Hay en él una explosión de los sentidos y las fuerzas creadoras.

Nada más cercana al muestrario real maravilloso y al barroquismo americano que organiza Carpentier en el capítulo V de Concierto Barroco (publicado en La Habana, 1975), que las muy populares y admiradas charanga de Bejucal –una de las tres fiestas más antiguas y bellas de Cuba, que pudo haber visitado en su más temprana edad nuestro novelista mayor.

Antonio Vivaldi, el compositor, Moctezuma, el soberano de México, y Filomeno, descendiente del heroico Salvador Golmón (personaje del poema épico cubano Espejo de paciencia, de 1608), con acompañamiento de monjas y superioras, trocan los carnavales de Venecia en carnavales cubanos a golpe de rumba y tambor:

Ca-la-ba-zón
Son-son.
La culebra se murió.
Ca-la-ba-zón
Son-son

Coreaban, mientras el negro Filomeno escenificaba una complicada e inexplicable danza de lucha y muerte de una serpiente gigante de trapo, tradicional rito de los carnavales habaneros y las charangas de Bejucal que desde joven disfrutara Carpentier.

Complétese el lujo imaginativo del capítulo V de Concierto Barroco con los no menos deslumbrantes y fantásticos festejos de El siglo de las luces, El recurso del método y La consagración de la primavera, todos rumbosos y mestizos; aunque a veces deslucidos y con algo de "Capricho" de Goya, por la feroz represión política y policial - como sucede en la última de las novelas. También por estas fiestas, Alejo niño vuelve a mirar maravillado y conmovido hasta sus cimientos el mundo propio e íntimo que lo formara.

La expresión americana es lo real maravilloso, el barroquismo y la pluralidad de contextos y coexistencia, pero esa expresión es, más allá de cualquier teoría académica y esteticista, mirar el mundo nuevo con nuevos ojos. Lo real maravilloso seguirá siendo para mí un niño que juega a la realidad.

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