[01.10.2005]-Actualización
9:40 am de Cuba
Confieso que tras su revés en la final, sentí una
inmensurable sensación de malestar. Me había
ilusionado con que, cuando volviera a ver a Alexis,
el más grande de todos los Rodríguez me mostraría
orgulloso la medalla de oro del Mundial de Budapest.
Ello
no podrá suceder, porque el gigantesco librista cayó
en el duelo decisivo frente a un hombre que ya se le
había atravesado en los Juegos Olímpicos de Atenas,
el turco Aydin Polatci.
Sin embargo, pasado el mal rato,
paso revista al desempeño del luchador habanero, y
me satisface que haya vuelto a los podios
importantes, esos que le corresponden por talentoso
y esforzado.
Dispuso por 3-0 del azerí Nikolay
Telegin. Se deshizo más tarde (3-1) del kazajo Marid
Mutalinov. Le recetó un nuevo 3-0 al chino Lei Liang,
y cerró la faena victoriosa con otro 3-1, este a
costa del peligroso húngaro Otto Aubeli.
Ya en la final, un marcador como ese
último determinó el fracaso frente al turco.
¿Fracaso dije? Rectifico: mejor sería decir derrota,
que es el término deportivo que más se ajusta a la
verdad.
No hubo fracaso, insisto, porque ser
subtitular del mundo no es cosa de coser y cantar, y
porque la actuación de Alexis catapultó a Cuba hasta
el segundo escaño en la clasificación por puntos.
De manera que, viendo las cosas con
mayor claridad, ya no me duele que mi amigo no
escalara a lo más alto. Ocasiones tendrá otras: por
ahora, nadie puede decir que no haya aprovechado
esta.