No pocos en el planeta recuerdan la
figura de Ernesto Che Guevara como el legendario
guerrillero que cayó combatiendo en Bolivia el 8 de
octubre de 1967, a nombre de una revolución
latinoamericana que asumió como el camino a la total
independencia y justicia social en este hemisferio.
Sin
embargo, el Che, como hoy se le conoce mundialmente,
atesoraba en su rica personalidad aristas y rasgos
que le hacen excepcional. Al partir de Cuba, en
carta de despedida al Comandante en Jefe Fidel
Castro, afirmaba que en la Isla dejaba, junto a sus
compañeros y familiares, sus más hermosos sueños de
constructor.
Porque Ernesto Guevara fue también
eso. Un profundo analista de su momento y un creador
de caminos en la fundación de un nuevo orden
económico, político y social de rasgos muy
peculiares.
A los primeros años de edificación
socialista en Cuba, y con la experiencia de sus
largos recorridos internacionales, dedicó medulares
estudios y sesiones de elaboración, en busca de una
sociedad realmente justa y equitativa, impulsora de
los mejores valores del ser humano y que se
caracterizara también por una gestión económica
eficiente, para dar firme sustento material al país
y a su proyecto revolucionario.
El Che fue un apasionado de la
industrialización, un defensor del control económico
como motor de la eficacia de la empresa socialista,
y del control popular como verdadero ejercicio del
gobierno de las masas. Un acérrimo enemigo del
burocratismo en todas sus manifestaciones, y un
creador incansable de conciencia y de verdadero
espíritu colectivo.
La modestia proverbial en el
ejercicio de sus importantes responsabilidades
gubernamentales y en su vida personal y familiar, le
caracterizan como un hombre de nuevo tipo, y como un
leal y limpio servidor del pueblo, un ejemplo de
actuación que debe trascender más allá de las
alocuciones, los recordatorios y las consignas.
Por eso no es retórica de ocasión,
ni mucho menos, la afirmación hecha por el
Presidente Fidel Castro hace treinta y ocho años
ante más de un millón de personas reunidas en la
Plaza de la Revolución José Martí para rendir
postrer tributo al Che, cuando al definir cómo
queríamos que fuesen nuestros hijos, concluía con
entera honradez y de todo corazón: que sean como
Ernesto Guevara.