Por primera vez tendré que relatar aspectos de
esta historia en primera persona, para aclarar lo no
aclarado. Para continuar la narración de los hechos
de la Revolución cubana, posteriores al 13 de Marzo
de 1957 protagonizados por el Directorio
Revolucionario, tendremos que seguir el hilo
conductor de las vidas de José Antonio Echeverría y
Fructuoso Rodríguez, que se prolonga en la apertura
de otro Frente Guerrillero del Ejército Rebelde en
las montañas del Escambray y la continuidad de la
lucha armada en La Habana.

Desangrados pero no vencidos, después de examinar
el comportamiento de las acciones de aquel día y sus
consecuencias, acordamos con Fructuoso no volver a
intentar el derrocamiento de la tiranía partiendo
todo de una sola acción armada y por el contrario,
continuar la lucha con muchas acciones en la Capital
hasta crear condiciones para una Huelga General con
apoyo armado e incorporarnos a la lucha en las
montañas, que según la información reunida por mí y
aprobada por José Antonio, sería en el sistema
montañoso del Escambray.
En consulta con Fructuoso, enviamos al compañero
Guillermo Jiménez a las provincias de Las Villas y
Camagüey para orientar a las Direcciones del
Directorio en ambas, el fortalecimiento de la
Organización, por el papel que desempeñarían dichas
provincias en los planes elaborados. El Jefe del
Directorio Revolucionario en Las Villas, compañero
Agustín Gómez Lubián, le planteó al compañero
Jiménez que por la línea de unidad nuestra, se
encontraba totalmente comprometido en las tareas del
26 en dicha región, lo que lo imposibilitaba para
esa tarea, por lo que proponía como Jefe del
Directorio en Las Villas al compañero Ramón Pando
Ferrer, quien ya era miembro del mismo y Presidente
del grupo pro-FEU de la Universidad Central de Las
Villas. Pando se hace cargo de la Dirección del
Directorio, reorganiza la provincia de Las Villas y
coordina estrechamente con Enrique Villegas en
Sancti Spíritus.
Meses después Las Villas, se encontró con un
Directorio ya reorganizado, trabajando en la idea
del Frente Guerrillero que les correspondía y que se
ignoraba en virtud de la compartimentación y cuidado
del secreto en aquel momento y la desarticulación
natural con los dirigentes históricos que salieron
clandestinamente o asilados en embajadas por los
acontecimientos del 13 de Marzo.
Para llevar adelante dicho plan Fructuoso decidió
que yo saliese al extranjero a preparar una
expedición armada en el menor tiempo posible, para
lo que había que reunir el dinero necesario,
contactar los vendedores clandestinos de armas y
adquirir un barco y mi salida sería clandestina por
la única vía que teníamos, que era mediante el
contramaestre de un pequeño barco de carga que hacía
viajes entre La Habana y Miami en los Estados
Unidos, al negarme yo a asilarme en alguna Embajada,
por entender que el Jefe de Acción no debía
asilarse.
La confianza que habían tenido en mí tanto José
Antonio como Fructuoso y la unidad de mis
compañeros, me dieron la autoridad necesaria para
cumplir la misión que se me encomendaba y que me
permitió posteriormente continuarla al frente de la
Organización. La línea a seguir era comprar fusiles
para lo que sería la guerrilla y armas automáticas
para la lucha en la ciudad, sin darla a la
publicidad, a la vez que desinformábamos a la
tiranía, haciendo la propaganda de que mantendríamos
la misma táctica.
Simultáneamente con la ayuda de un obrero cubano,
René Azcarreta de una litográfica, logré la
impresión de un buen diseño de bonos del Directorio
con la imagen de José Antonio, para enviarlos a Cuba
en cantidades suficientes, "embutidos" en las
puertas y los asientos de automóviles de uso que
importaba un agente comercial, captado por Eduardo
García Lavandero para cumplir misiones de ese tipo.
Esa era la primera ayuda que enviábamos a los
compañeros en Cuba para cumplir con la primordial
tarea de reunir el dinero necesario para la
expedición que organizaba.
El segundo paso fue comprar una docena de
pistolas que les envié para su defensa y posibles
acciones, por la misma vía de los autos "embutidos".
Ante la imposibilidad de conseguir otros armamentos
de más calibre y poder de fuego en Miami, pues todo
lo que te vendían lo informaban a la Policía, le di
la tarea al compañero Luis Blanca en Nueva York, de
localizar comerciantes ilegales que pudieran
abastecernos de lo que necesitábamos.
Por esos días recibí a un viejo condiscípulo de
las aulas de primera enseñanza en las Escuelas Pías
y posteriormente del Instituto de Segunda Enseñanza,
de Camagüey, el compañero Armando Garrido, quien con
un gran sentimiento de viejos amigos y solidaridad
vino a saludarme y ofrecerse para contribuir con
nuestra causa. Quedamos en contacto muy estrecho y
comencé a refugiarme en su casa de un barrio
residencial llamado Hialeah para aislarme y pensar
en la solución de los problemas que se iban
presentando. Todo fue un esfuerzo gigantesco
desarrollado en Miami, Nueva York, Chicago, Tampa,
en otros países latinoamericanos y en Cuba, para
lograr el financiamiento independiente de la
expedición.
Cuando a pesar de todo habíamos logrado reunir el
capital necesario y comprado las armas, quedaba la
tarea más difícil: lograr la embarcación que nos
llevara a Cuba. Hacía planes y planes de cómo
recaudar el dinero para ese fin y el tiempo mínimo
para lograrlo. Uno de esos días refugiado en la casa
de Armando Garrido, él observaba mi preocupación,
preguntándome qué me pasaba. Contestándole yo que
tenía las armas, pero me faltaba el barco y no tenía
dinero para alquilarlo y mucho menos para comprarlo,
pues haría falta poner alguna propiedad en garantía,
de la que no disponíamos. Entonces el compañero
Garrido contestó de inmediato: "El barco lo pongo yo
y esta casa la pongo de garantía".
Durante la conversación le alerté que si el barco
se perdía pondría en peligro su casa, respondiéndome
que no importaba una casa ante la pérdida de la vida
de sus compañeros y lo único que pasaría era que
tendría que discutirlo con su padre. Con esta feliz
solución pasé a analizar con él los posibles rumbos
de nuestra expedición, por ser conocedor de las
rutas marítimas e incluso aéreas, pues era piloto.
Teniendo en cuenta dónde se concentraba la
vigilancia de los guardacostas yankis, trazamos como
la mejor ruta a seguir, una vez dejado el Puerto de
Miami, el rumbo Este hasta la isla de Nassau y desde
allí bordearla hacia el Sur, dejando la isla Andros
al Oeste para enfilar por un canal entre los bajos
de las Bahamas, muy peligrosos para la navegación,
hasta llegar a Raccon Cay, que sería nuestro lugar
de trasbordo para el cual Garrido había ofrecido el
yate de su familia y en él continuaríamos rumbo Sur,
hasta llegar a Nuevitas.
Garrido partió hacia Nuevitas a preparar la parte
de la operación correspondiente. Este plan nos
permitiría, con el yate en que saldríamos de Miami,
burlar a las autoridades yankis y con el yate de
Garrido burlar a las autoridades de la tiranía de
Cuba. Días después regresó con la mala noticia de
que no podíamos utilizar el yate de su padre por
haberlo este metido en varadero, para someterlo a
mantenimiento. Analicé con él la posibilidad, porque
no había otra alternativa, de continuar hasta Cuba
con el yate que íbamos a alquilar lo cual reducía la
seguridad de la operación. Garrido fue a Camagüey a
buscar una solución, donde se vio en una situación
con tan pocas posibilidades que decidió apelar a su
padre. Fue un encuentro difícil reclutar a su padre
para la idea, pero ante la decisión de su hijo de
estar dispuesto a morir en el empeño a toda costa,
si él no lo ayudaba, terminó conquistándolo para la
empresa. Cuando regresó traía la solución, que sería
un barco de pesca tipo balandro, llamado San Rafael
de 13.60 metros de eslora, y 4.40 metros de manga.
Por tanto, disponíamos ya de un buen barco y en
las mismas condiciones que íbamos a tener en el yate
de Garrido, porque el San Rafael también estaba
matriculado en el Puerto de Nuevitas, lo que daba
seguridad de no ser inspeccionado. El lugar de
atraque sería en la Playa Santa Rita, porque en
ella, además, está situada la casa de Abel Cabalé,
que en su camión tendría la misión de transportar
las armas. Había el inconveniente de que el San
Rafael era de mucho calado y no podía acercarse, lo
que impedía su atraque para proceder al desembarco,
por lo que gestionó para la operación del balandro a
la playa, la lancha Yalovén.
Garrido regresa a Miami nuevamente y me informa
todo. Lo envío de regreso a Camagüey a coincidir con
Gustavo Machín (Tavo). La tarea de Tavo era lograr
la identificación mutua entre los pescadores del
barco y nosotros cuando nos encontráramos, avisar y
coordinar con la jefatura del Directorio
Revolucionario en Camagüey, representada por Alberto
García, el camión y los automóviles para el traslado
de las armas y expedicionarios desde Nuevitas a
Camagüey y coordinar la relación del mismo con
Garrido, para ultimar los detalles del desembarco,
transporte, aseguramiento de armas y combatientes en
casas de seguridad, para finalmente viajar en el San
Rafael hasta Raccon Cay, donde haríamos el trasbordo
al balandro.
Vuelve Garrido a Miami, me informa y resolvemos
alquilar el yate necesario para la primera etapa de
la travesía, lo cual hace y resulta ser el Scapade.
Decidí no zarpar de inmediato, para no llamar la
atención y que los compañeros Eduardo García
Lavandero y Armando Garrido, salieran con las
compañeras Eva de la Campa y Ester Martín en el
yate, simulando un paseo para dar una imagen de
vacacionistas, lo que hicieron durante un tiempo
hasta que regresaron según el plan, para proceder a
embarcar las armas y los expedicionarios en la noche
del 31 de enero.
Hasta ese momento a varios compañeros les había
confiado la realización de tareas necesarias para
estar listos para la partida, Armando Garrido
jugando un papel decisivo, poniendo en nuestras
manos las embarcaciones necesarias; a Gustavo (Tavo)
Machín para coordinar al Directorio de Camagüey con
el desembarco; a Luis Blanca organizando la compra
de armas en Nueva York. Eduardo García Lavandero en
el entrenamiento del manejo de armas a todos los
compañeros en los pantanos de Los Everglades; a
Julio García Oliveras que había traído de Costa Rica
cuatro M-3, el examen final del armamento, para
comprobar su estado de funcionamiento. A Juan
Abrantes (el Mejicano) regresar a La Habana y
esperar para incorporarse a la llegada de la
expedición. A Tony Santiago, que fuese a Sancti
Spíritus y desde allí se incorporara al Frente una
vez abierto. A Pedro Martínez Brito, situarse en
Ciego de Ávila y esperar allí instrucciones. A los
compañeros Domingo Portela y Armando Pérez Pinto,
incorporarse a la Organización en La Habana.
Nosotros, designados por el Directorio y el 26,
para hablar en el natalicio de José Martí el 28 de
Enero de 1958 en Miami, hicimos público allí, la
constitución de nuestro Frente; por haber caído
Enrique Villegas en combate el 25 de enero y tener
lista la expedición. Reiteramos la promesa de la
unión de nuestra generación, para hacer la
Revolución. La juventud villaclareña haría suyo este
Frente con la presencia de combatientes del
Directorio, del 26 de Julio y de todos los que
quisieran una Revolución.
El 31 de enero fue el día de la partida. Las
armas las fuimos llevando hasta el barco, y después
comenzamos a mover poco a poco a los compañeros,
cuyos lugares de estancia fui visitando uno a uno.
Por la tarde la policía yanki hizo demostraciones
ostensibles de iniciar una operación sobre nosotros,
adueñándose de una casa en la cual habíamos
realizado actividades intencionalmente para hacerles
creer que ese era nuestro centro de operaciones. Fui
el último en abordar la nave, dando la orden de
partida al patrón del Scapade, Alton Sweeten. Ya era
de noche y había mucho frío.
En el extremo del muelle quedaba el compañero
Armando Garrido que con un gran sentimiento
fraternal en aquel momento decisivo, nos despedía
interpretando con su acordeón una hermosa melodía
titulada "Adiós".
El barco se fue alejando de las costas de la
Florida que se perdían en la noche bajo el
resplandor de la ciudad, con un mar encrespado rumbo
a Nassau. Después de varias horas el yate se detuvo,
argumentando el patrón Sweeten que había que
regresar, porque el timón se había roto. Le
contestamos al norteamericano que no había
posibilidad de ese regreso. Nos pusimos duros y se
arregló el timón.
Continuamos la navegación y ya después de
sobrepasar Nassau un mar embravecido y cada vez más
tempestuoso, nos haría perder el rumbo varias veces.
Esta situación aumentó la distancia a recorrer y por
tanto el gasto de combustible. A propuesta del
patrón Sweeten hicimos escala en un pequeño puerto
de la isla Andros, donde podíamos abastecernos de
combustible. El patrón Sweeten me alertó sobre una
lancha guardacosta inglesa y me propuso simular que
continuábamos viaje y por el contrario refugiarnos
al otro lado de la gran bahía, hasta que pasaran
varias horas y partir de nuevo al amanecer. Con esa
idea el patrón Sweeten comenzaba a convertirse en
uno de nosotros. Una vez anclados en la costa y
totalmente apagados, comenzamos a escuchar una
música agradable seguramente bahamesa, cuando
nuestra clandestinidad quedó rota por el fuerte
ruido del motor de una lancha que avanzaba hacia
nosotros, para solo pasarnos muy cerca y escuchar
las voces a gritos de sus pasajeros, al parecer en
jolgorio, que nos gritaban: ¡Cubanos! ¡Saludos a
Fidel Castro!
Cuando nos reponíamos de esa sorpresa agradable,
de pronto, el yate vibró fuertemente de un lado a
otro y después se inclinó bruscamente hacia babor,
hasta quedar totalmente recostado en un ángulo de 30
grados. En la proximidad del amanecer comenzó a
subir la marea, el barco volvió a flotar por lo que
el compañero Raúl Díaz Argüelles se brindó para
lanzarse a las frías aguas e inspeccionar el casco
del barco y comprobar si había daños que impidieran
la navegación. No había daño alguno. Pero, habíamos
perdido la mitad del combustible. Partimos con la
mínima claridad. Volvíamos a internarnos en el mar,
totalmente picado.
Al amanecer del otro día debíamos reducir
máquinas, pues deberíamos estar a la entrada de los
peligrosísimos bajos de las Bahamas. Llegó el
amanecer, nos dimos cuenta de que ya los habíamos
pasado en la noche a ciegas y a toda máquina. Se
aprovechó que también había amainado el mal tiempo,
para hacer prácticas de tiro. El tiempo volvió a
empeorar. El oleaje violento se impuso de nuevo. El
frío seguía intenso. Llegamos a la noche y perdimos
el rumbo.
Al llegar la mañana encendí el radio para
sintonizar alguna posible emisora cercana. Moví el
dial lentamente pero de corrido y saltó una emisora
con fuerza que anunciaba a Puerto Padre. Hice girar
el radio de un lado a otro sobre su propio eje hasta
determinar la posición en que su potencia crecía
enormemente y dije: ahí enfrente está Puerto Padre,
por tanto, Raccon Cay está en nuestra retaguardia y
si asumiéramos que según la distancia que hay entre
los dos puntos, estamos a la mitad del camino y
teniendo en cuenta la cantidad de combustible que
nos queda, daría exacto para desembarcar en las
costas de Puerto Padre e internarnos en dicho
territorio. Pero, si estamos algo más lejos nos
quedaríamos al pairo, sin llegar a la costa, lo que
nos convertiría en fácil blanco de las fuerzas
aéreas y de mar de la tiranía. Por lo tanto, la
decisión fue intentar llegar a Raccon Cay, volviendo
sobre la ruta navegada, ya que si nos quedábamos sin
combustible antes de llegar al mismo, podíamos
obtenerlo con la ayuda de los pescadores de la zona
y reconstruir el plan de esperar al San Rafael para
desembarcar en Nuevitas. Llegamos y fondeamos. Al
tomar el bote auxiliar para ir hasta la playita de
Raccon Cay, vi que había desaparecido el nombre de
Scapade y en su lugar aparecía brillante, el de Thor
II.
Al amanecer unos gritos que me llamaban, salían
de un barco que entraba a la pequeña rada y vimos al
compañero Tavo Machín que desde la punta de la proa
del San Rafael nos saludaba. Tavo había cumplido su
misión. Le dimos un abrazo y saludamos a los
pescadores. Al capitán Enrique Valdés y sus
compañeros de tripulación: su hijo Joaquín, Mario
Pérez Watson, Ernesto Fonseca, Abilio Hurtado y
Carlos Hernández. Después, el capitán Valdés me
propuso que debíamos salir al anochecer, para poder
estar al otro día, a la hora señalada, 9 de la noche
en Nuevitas.
Al anochecer del 8 de febrero entramos por el
canal que conduce a la Bahía de Nuevitas y nos
situamos según lo convenido, anclados junto al cayo
más grande de los tres llamados Ballenatos y allí
esperamos la lancha Yalovén que debía venir a
nuestro encuentro para iniciar el desembarco. Ya
debía haber llegado. Esperamos como una hora. El
Capitán me propuso desembarcarnos en una playita que
había en el Ballenato Grande y venir a buscarnos al
otro día por la noche, pues el atraque en que cabía
el San Rafael estaba muy cerca de la Marina de
Guerra. Le rechacé amablemente el ofrecimiento,
diciéndole que podríamos ser víctimas de lo casual y
ser descubiertos y aniquilados, aunque íbamos a
combatir hasta la última bala. El capitán Valdés
dice que él y todos sus tripulantes estaban
dispuestos a seguirnos en la acción con las armas en
la mano. Aquel gesto tan hermoso, por viril y
solidario, era una demostración del patriotismo
revolucionario de los pescadores. Serían armados
todos de inmediato. Al momento vimos una luz que nos
hacía señales y se acercaba, dándonos el silbido de
contraseña que contestamos, hasta que llegaron a
nuestro lado por babor. Era la lancha Yalovén y
venía en ella mi viejo compañero de aulas y ahora de
la Revolución, Armando Garrido. Bajé hasta la lancha
y nos dimos un abrazo. Seguidamente me presentó a
los motoristas, los compañeros Edid y Enei Mederos
Mayedo, miembros del Movimiento 26 de Julio.
Inmediatamente procedimos a pasar para la lancha a
todos los compañeros y a trasbordar las armas.
Partimos todos para navegar el último tramo de la
expedición, hacia el pequeño muelle de la Playa
Santa Rita con toda aquella carga que hundía al
Yalovén hasta la línea de la cubierta. Desembarcamos
situando todo el armamento en medio de la playa.
Dividí la tropa en dos grupos: el mayor se
quedaría en la casa de Abel Cabalé a unos 100 metros
del muelle, quien ya nos esperaba, pues tendría
además la responsabilidad de transportar el grueso
de las armas en su camión, ya parqueado al lado de
la casa. Yo me trasladaría con el otro grupo para la
casa de Garrido, muy próxima en la ciudad, para
desde allí organizar la marcha hacia Camagüey que
sería en la mañana temprano. Me acompañaron Eduardo
García Lavandero, segundo jefe de la expedición,
Luis Blanca Fernández, Carlos Montiel y Gustavo
Machín. Desde esa casa les dábamos salida a los
autos, los tres primeros automóviles irían en la
vanguardia con instrucciones de ir despacio hasta
que avizoraran el camión con las armas que los
seguiría. Yo me trasladé hasta la playa y le di
salida a Cabalé con el camión, a quien le situé un
custodio. Nosotros nos situamos detrás del camión
con otros dos autos, formando el cierre del convoy
rumbo a Camagüey.
Finalmente la caravana llegó a Camagüey,
acantonándose la mayor parte, formada por 9
expedicionarios, en el norte de la ciudad, entre la
Avenida Finlay y la zona de La Vigía; 4
expedicionarios para la granja Villa Blanquita en el
Oeste, para custodiar el alijo de armas que llegaría
con el camión. Por mi parte, con dos compañeros más
quedé situado en el corazón del casco histórico
donde instalé el puesto de mando. Por estar dicha
casa en un lugar de tránsito muy complicado y con
calles estrechas de trayectoria irregular, se estimó
entrar por el fondo, por un callejón nombrado Sin
Salida, cuyo final era una enorme puerta colonial
cerrada, que al llegar nos abrió el padre de
Garrido, que nos esperaba pacientemente y cuando
pasamos la puerta nos recibió con un fraternal
abrazo. Desde ese lugar realicé las coordinaciones
necesarias para continuar la marcha sobre el tramo
que nos faltaba de Camagüey al Escambray, que sería
en transportes por carretera; el envío de las armas
destinadas a La Habana y el traslado del grupo que
le correspondía instalarse en la capital. Di al
compañero Tony Bastida, jefe del Directorio en la
ciudad de Camagüey, autorización para recoger en
Villa Blanquita las armas correspondientes a La
Habana y enviarlas embaladas convenientemente por
medio del expreso CANÍMAR que él administraba. Al
compañero Alberto García, jefe del Directorio en la
provincia de Camagüey, que hiciera contacto con la
Organización en Ciego de Ávila y me enviaran al
compañero Sergio Valle para entrevistarme con él en
el Hotel Habana, situado frente a la Alcaldía de la
ciudad, para darle la tarea de conseguir un camión
seis ruedas que llevaría las armas el día que
partiéramos para el Escambray.
Por fin llegó el día de reiniciar la marcha hacia
el Escambray el 13 de febrero en horas de la tarde.
Nos situamos en la carretera central en un tramo más
adelante, en el crucero de Tagarro, yendo hacia el
Oeste de Villa Blanquita, desde donde controlamos el
paso de los autos de la vanguardia, la llegada del
camión y los siguientes autos de la retaguardia,
partiendo nosotros en el último carro. Toda la vía
estuvo expedita. Al llegar a Jatibonico nos
detuvimos con todos los carros desplegados para
esperar a los compañeros de Sancti Spíritus.
Puntualmente llegaron los compañeros de Sancti
Spíritus, con Piro Abréu, Jefe del Directorio en la
región, a la cabeza; traía un chofer como práctico
para que manejara el camión hasta el punto en que
entraríamos al Escambray. Después de los saludos con
fuertes y rápidos abrazos dimos la orden de partir
urgentemente, continuando sin novedad hasta Sancti
Spíritus.
En esa ciudad se incorporó a mi auto Ramón Pando
Ferrer, Jefe del Directorio Revolucionario en la
provincia de Las Villas y varias compañeras,
dirigentes y combatientes de la clandestinidad que
ocuparon lugar en los autos, para proteger con su
presencia a los expedicionarios de la vista de
posibles agentes de la tiranía. Entre ellas iba
María Josefa Suárez, alma de la Organización en
Sancti Spíritus, de origen estudiantil y alto nivel
intelectual, quien por su capacidad organizativa,
dinamismo e inagotable energía, era el más sólido
puntal de apoyo de sus jefes desde Enrique Villegas
(caído en combate) a Piro Abréu, su sagaz seguidor.
Le seguían con el mismo temple y valentía sus
hermanas Consuelo y Belén y las también hermanas
Gladys y Ana Lidia Brizuela, cada una en un auto de
expedicionarios.
Llegamos al lugar convenido para que el grupo de
recepción nos esperara, entre la ciudad de Sancti
Spíritus y el pueblo de Banao, donde había un
cuartel, próximo a la loma del Obispo. Todos los
compañeros bajaron de los autos. Los
expedicionarios, incluyendo a Ramón Pando Ferrer
saludamos al grupo de recepción, casi invisibles por
la densa oscuridad de la noche. Yo dije como saludo
en voz alta para que todos me oyeran: ¡Hoy es 13 de
febrero, aniversario de la caída de Rubén Batista
Rubio!
Presentamos también a una muchacha que se hacía
llamar Edelmira, llegada de la Sierra Maestra con un
mensaje de Fidel para nosotros, ella ha de resultar,
una vez que la identificamos, la heroína Clodomira
Acosta, noble y audaz muchacha campesina que se
había ganado la confianza del alto mando del
Ejército Rebelde, cuyo Comandante en Jefe
personalmente le dio esa misión a un territorio
lejano a la Sierra Maestra. Es un mensaje dirigido A
Los Combatientes del Escambray en el que al valorar
positivamente aquel nuevo Frente y ofrecer ayuda
solidaria, nos transmite lo que resulta la primera
lección de la guerra de guerrillas que recibimos:
"Si la topografía de la zona hace imposible resistir
o el parque se agota, aconsejo moverse hacia acá,
caminando de noche y emboscándose de día en sitio
donde no pueda percibirlo la aviación, siguiendo la
ruta en zigzag, cuando el enemigo caiga una o dos
veces en emboscadas cesará toda persecución." Así lo
confirmaremos en los próximos días, lo que ocurriría
con el combate de la Diana en que el ejército al
tener muchas bajas desistió de su cerco y
persecución.
Así fue como aquel 13 de febrero cuyo Aniversario
50 conmemoramos, quedó fundado ante la Historia el
Frente Guerrillero del Escambray.