"Más alma",
 "más alma"
A cargo
de  Gerson Legrand

Obdulio Jacinto Muiño Varela


 
 

 

El capitán de un equipo de fútbol, bien se sabe, no es sólo una cinta amarrada en el brazo derecho. Un capitán es la bandera del equipo, es el hombre encargado de hablar con el árbitro y de levantar la moral de la plantilla.

Capitanes inolvidables ha habido muchísimos. Pero ninguno –ni siquiera Maradona- le puede discutir el escaño mejor a Obdulio Varela, de quien alguien ha dicho que si se hace el diccionario del fútbol, al lado de la palabra "capitán" habría que poner una foto de aquel uruguayo legendario.

Obdulio Jacinto Muiño Varela nació el veinte de septiembre de 1917 en Montevideo, y se inició en el Club Deportivo Juventud. Desde entonces, según cuentan sus biógrafos, algo quedó bien claro: aprovechando su posición de mediocampista, era capaz de inocular coraje a todos sus compañeros de equipo.

En 1937, Varela pasó al club capitalino Wanderers, y, ya con sus inseparables apodos de Caudillo y Negro Jefe, se fue en 1943 al Peñarol, con el que se retiró del deporte tras ganar seis títulos en el Campeonato Uruguayo (1944, 45, 49, 51, 53 y 54).

No obstante, su gloria le llegó con la casaca charrúa, para la que intervino en 51 encuentros internacionales, logró el triunfo en la Copa América (por entonces Campeonato Sudamericano) de 1942, y fue el héroe del partido que consideran el más apasionante de todas las épocas.

Ocurrió en ocasión de la Copa Mundial de 1950, cuando el Maracaná brasileño fue abarrotado por doscientos mil fanáticos que esperaban la (supuestamente) segura victoria de su equipo.

Una vez que Friaca puso delante a los locales, el delirio se apoderó de las tribunas. Y fue entonces que salió a relucir el temple del Negro Jefe, que lentamente recogió la pelota en su portería, la colocó bajo su axila derecha y llevó el balón hasta el centro de la cancha.

Varela depositó la pelota en el césped, llamó al árbitro y le reclamó un inexistente off side. Él mismo recordaría ese momento de este modo: "Me di cuenta que si no enfriábamos el juego, esa máquina de jugar al fútbol nos iba a demoler. Lo que hice fue demorar la reanudación del juego, nada más".

Eso cambió el curso del encuentro. Poco a poco, las gradas enmudecieron, y la voz del capitán uruguayo se escuchaba cada vez más claramente cuando gritaba "más alma", "más alma", y sus hombres embestían la meta de Barbosa, le marcaban dos veces y obtenían la más hermosa de las Copas.


 


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