Magia, conocimiento y valor
Por Yuniet Escobar Ortega
Foto: Joel Mayor
[29.05.2002]
Los días de la universidad
quedaron atrás. La incertidumbre de los primeros exámenes, la
prisa en los pasillos, son ahora un recuerdo lejano. Los nuevos
retos imponen respuestas inmediatas; mas, Aisel Rodríguez,
Yelec
Estrada y Miguel Angel Marrero, avileños de
excepcional rendimiento, no se amilanan.
Desde su llegada a Haití
comenzaron el trabajo. Venían con el ímpetu de la juventud,
los deseos de ayudar al pueblo haitiano, los conocimientos y
experiencias ganadas en Guantánamo.
Al partir de Cuba estaban seguros
de una cosa: Haití sería una escuela. La realidad y el sistema
de salud es muy diferente. Aún no dejan de asombrarse. Cada
día se enfrentan a situaciones difíciles. Pero tratan de
vencerlas a cualquier precio.
Quizás por eso Aisel recurre a
la magia, Yelec vence el miedo de una lancha improvisada y
Miguel Angel se impone al peligroso camino de la montaña.
LA MAGIA DEL DOCTOR
Cuenta Miguel Angel que Aisel
aprendió su magia en Guantánamo. A su llegada a Plaisance,
comuna del departamento Norte, no le quedó más alternativa que
recurrir a ella. Así comenzó a ganarse la confianza de los
niños.
Muchos van tras él. Ante cada
nuevo truco abren los ojos. No pueden creer que el doctor cubano
aparezca y desaparezca cartas de la nada, pegue cigarros,
componga papeles quemados... Su picardía contagia. La enfermera
Bertha Bombino y Elisa Villaurrutia, técnica de laboratorio, se
unen al juego.
"Los muchachos vienen a
buscarlo a la casa. Algunos, incluso, traen papeles picados. Le
piden que los una con su poder mágico. Entonces, Aisel tiene
que inventar algún pretexto"- explica Bertha y ríe como
una niña.
Sin embargo, no todos pueden
disfrutar de su magia. Armand Dasema es uno de ellos. Desde hace
mucho perdió la vista a causa de una enfermedad:
Hipovitaminosis A, un déficit vitamínico. Apenas ha vivido 10
años, aunque parece tener cinco. Su cuerpo muestra las señales
típicas de una malnutrición. No hay esperanzas de vida para
él. Nunca podrá ver los trucos nuevos del ocurrente galeno.
Aisel sufre, pero no deja de
pensar en la niña que casi le arrebató a la muerte. "La
trajeron en estado de coma. Con bronconeumonía y una infección
generalizada. Al momento tuvimos que canalizarle la vena. Era un
caso muy difícil. Se trató con antibióticos y enseguida la
pequeña mejoró. A los tres días se fueron del hospital. No
tenían dinero para seguir pagando.
CERCA DEL MAR
Una lancha improvisada nos
conduce a Labadee, también comuna del departamento Norte. El
lugar impresiona por su belleza. El aire puro del mar, las
palmeras y las casitas de los pescadores haitianos nos hacen
pensar en Cuba.
Desde la barca se divisa la casa
de los cubanos. Cerca de la playa y entre caracoles encontré a
Yelec junto a la enfermera Esmérida Miniet y María del Carmen
Labrada, técnica de laboratorio.
"Puedes escoger cualquier
caracola. Todos los días aparece algún niño con una nueva.
Tengo muchas guardadas" -me dice. Y así comienza la
conversación con esta avileña.
No conoce la magia de su colega;
mas, sus conocimientos de medicina le han permitido ganarse poco
a poco la confianza de las personas. Constantemente entran y
salen haitianos de la casa.
"Llegamos en septiembre del
2001. Los pobladores no entendían nuestra misión. Desconocían
la presencia de galenos cubanos en el país. Nunca antes había
existido en el lugar médico alguno. Después de varias charlas
comprendieron nuestros objetivos. Hoy somos muy queridos"
-recuerda María del Carmen.
Yelec parte cada mañana hacia el
dispensario. Por las tardes visita las casas. Varias personas
esperan por ella. Los martes y jueves hay poco trabajo. La
mayoría de la población espera la llegada del crucero.
Entonces, Labadee cobra vida.
"Esos días casi nadie
viene. Aunque algunos aclaran que lo harán por la tarde. El
crucero es la única vía de subsistencia. Los lancheros pueden
ahorrar un poco de dinero y los artesanos venden sus
cerámicas"- explica la doctora.
Hoy no hay crucero. Labadee está
tranquilo. Miro el mar y trato de imaginar su presencia. La
fresca brisa y la explicación de Yelec ayudan a recrear el
ambiente. Mi mirada se pierde en el horizonte...
Las barcas se acercan llenan de
turistas. Los pobladores suben y bajan bultos. Ofrecen sus
hermosas caracolas. A lo lejos el inmenso barco contrasta con
las casas pobres. Los niños despiden a sus madres. Los hombres
colocan los motores...
"Deben partir". Oigo
como un eco la voz de la doctora. Me despido y tomo mi
rudimentaria embarcación. Yelec, María del Carmen y Esmérida
son solo puntos en la distancia.
ENTRE MONTAÑAS
Las altas montañas de Carice,
departamento Nordeste, no fueron un obstáculo para Miguel Angel.
Estaba acostumbrado a las de Guantánamo. Reconoce que en un
principio le impresionaron.
La comuna se encuentra al sur de
Fort Liberté. Solo la práctica de un buen chofer permite
llegar sin problemas. Carice, a 700 metros sobre el nivel del
mar, está a cuatro horas de camino.
"A mi me gustan mucho las
montañas. A veces, prefiero caminar por ellas. Pienso un poco
en Cuba y me alejo de los problemas" -confiesa Miguel Angel.
Rememora las veces que cruzó a
pie el río Toa. O los más de diez kilómetros que caminaba de
su casa hasta el hospital. En Haití enfrenta otros retos. No
deja de impresionarle el sistema de salud.
"Recuerdo el caso de la
mujer que murió por falta de atención médica. Tenía un
embarazo ectópico. Le pedimos a los familiares llevarla rápido
para el hospital de Fort Liberté. No contaban con el dinero
para la hospitalización. Luego nos enteramos que había
fallecido".
Este moronense escribe mucho y
lee todo lo que puede. En su tiempo libre estudia. Cuando habla
de su familia parece remontarse a su querida ciudad del gallo.
Entonces, la imagen de la familia y su novia parecen asomarse a
las pupilas.