Juana salva rosas blancas en Haití
Texto y Foto: Joel Mayor Lorán-enviado especial

[02.10.2002]
Claro que el cielo tiene balcones. Allí se asomaba Juana a buscar su casa en Cuba. Su padre murió, y ella no pudo verlo. En Haití la necesitan. Y por si fuera poco, sus pacientes, vecinos y amistades le han mostrado gratitud, precisamente en los momentos más difíciles para ella.

"Yo pensé que cuando pasaba por la calle era solo alguien más. Pero la gente demostró que me aprecia. Ante el fallecimiento de mi papá y el problema en una de mis piernas, hicieron que no me sintiera sola. Fueron a la casa. Ellos son el mejor recuerdo que me llevo de aquí."

Juana Molina Mora se desempeña como funcionaria del departamento de hospitales de la dirección provincial de Salud de La Habana. Pero sus conocimientos de Pediatría la llevaron más allá del Paso de los Vientos, y la asignaron al hospital de Miragoane, en el departamento especial de Nippes.

"Desde niña siempre quise estudiar Medicina y ser pediatra, porque me gustan los niños. Ellos son los pacientes más agradecidos. Algunos te dan deseos de llorar: viven en la calle como si fueran animalitos, no tienen mamá ni papá y trabajan desde muy chicos. Los ves de 10-12 anos y parece que tienen 6 o 7.

"Muchos de ellos acuden ya muy mal, y, a pesar de todo, podemos recuperarlos. Apreciamos el resultado de nuestra obra. A los que escapan no los vemos más, pues viven lejos, y los padres no vuelven a traerlos a consulta."

A nuestra doctora le preocupa. Sueña ver una rosa blanca de sonrisa de niño en cada uno de los pequeños que acuden a ella.

"En ocasiones, han muerto, y cuando le preguntamos a la madre la fecha de nacimiento, no la sabe o no se acuerda. Aquella vez, pensé que ella no entendía. Una enfermera que habla mejor el creole, le preguntó. Ni siquiera sabía los meses de la criatura. ¿El nombre? A veces trato de olvidarlo.

"Otra niña murió con cuatro años, a causa de un cáncer en estadio terminal. Trasladar el cadáver le costaba 500 gourdes a la familia (aproximadamente 20 dólares). Pero no tenían dinero. Y se la llevaron así, en brazitos, como si estuviera viva. Yo los vi salir, y no he podido borrar esa imagen."

A Juana se le llenan los ojos de sal. Sin embargo, me cuenta una historia más. "La bebita llegó desnutrida, con diarreas y problemas respiratorios. Estuvo ingresada durante 27 días. La última vez que la vi estaba bastante bien. Pero su familia completa tiene SIDA. El papá ya falleció... y ella también tiene el virus."

Son tantos relatos increíbles y reales a la vez. En buena parte de ellos consigue adivinarse su triste desenlace. Otros rompen la regla, y la tragedia adquiere un final feliz, gracias al empeño de los profesionales cubanos de la salud.

Esos últimos son los que impulsan la voluntad y el conocimiento de nuestros galenos por robarle una sonrisa de niño a la adversidad. También harán que de nuevo Juana se asome a ese balcón azul con el orgullo de hacer crecer rosas blancas en Haití.

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