Vida de niños haitianos: pesares y alivios
Por  Yuniet Escobar-enviada especial

[01.11.2002]
Wendy tiene siete años y apenas conoce los alrededores del hospital de Limbé, poblado rural del Norte donde vive. Desde que nació esa ha sido su casa. Las monjas y la enfermera cubana Mirtha, lo quieren mucho y le permiten ciertas libertades. Es un niño muy travieso, y se gana rápido el cariño de la gente.

Krysla tiene seis años y vive desde hace unos meses en el hogar de niños pobres de Gonaive en el departamento de Artibonite, en el centro de Haití. La doctora cubana Clara Zaida le diagnosticó una diabetes, le ha explicado muchas veces a su madre como cuidar a la pequeña, pero parece demasiado complicado para ella.

Keiv, tiene cuatro años y vive con los médicos cubanos de Cabo Haitiano, al Norte de Haití. El papá la trajo un día y decidió dejarla, para que allí la alimentaran. Todos la cuidan y protegen.

Estas historias, más allá de lo que pudiera pensarse solo indican una verdad, las crisis de familias haitianas. Niños huérfanos, abandonados por sus padres o en el mejor de los casos dejados con abuelos o parientes. Las razones son varias, pero las más poderosas son sin duda estructurales, incluyendo la historia del pasado siglo. Un contexto económico social nacional que se concreta a escala de asentamiento o barrios en familias numerosas , muchos hijos y muy limitadas posibilidades de sustentarlos.

Pero conozcamos más sobre las familias de estos niños.

Wendy fue dejado en el hospital con pocos días de nacido, su mamá tenía otros tres hijos que alimentar y el pequeño había nacido con malformaciones y una hernia umbilical que no podía ser operada.. Ella apenas entendía lo que significaba, pero estaba segura de una cosa, tendría que gastar mucho dinero en medicinas, y decidió dejarlo al cuidado de las monjas. Tener un niño en esas condiciones le traería más problemas a su vida. Quizás también pensó que Wendy no viviría mucho tiempo. La enfermera cubana lo cura diariamente. Con su picardía se ha ganado el cariño no solo de Mirtha, sino también el de la doctora Madelaine y de Andrea, la técnica de laboratorio.

Krysla, padece de diabetes. La pediatra cubana diagnóstico la enfermedad, pero su mamá no logra entender el tratamiento. Su bajo nivel educacional, y su trabajo en la marché (mercado), complica la comprensión del estado de su hija. Por ello volvió descompensada, varias veces al hospital y la médico cubana decidió ingresarla. Después de controlada su enfermedad no podía permanecer en la institución y entonces se buscó como solución llevarla a un hogar de niños. A veces sus hermanitas vienen a visitarla. Extraña mucho a su familia y aunque no lo dice, quisiera volver a casa.

El padre de la pequeña Keiv conocía bien al personal cubano de salud, llevaba trabajando en la casa más de un año, ayudando en las faenas más fuertes. Pidió a los médicos que le dejaran viviendo allí, solo una condición le puso a su hija, que trabajase en la cocina. La niña intenta cumplir con su padres, mientras los cubanos se encargan de que sus labores sean solo entretenimientos.

Este es un caso común entre las familias pobres, muchos hijos y pocos recursos. La situación provoca que algunos padres dejen a uno o varios de los niños al cuidado de personas con mayores posibilidades económicas, así le garantizan el plato de comida. Saben que tendrán que trabajar, no hay ninguna posibilidad de analizar las consecuencias para ese hijo de crecer lejos de los padres, de sus hermanos, de su familia, y mucho menos de trabajar en la edad de estudiar o jugar. Se trata de asegurar su subsistencia, la pobreza no deja otra opción.

El personal de salud cubano alivia las ausencias en la familia, ocupan temporalmente el papel de padres, madres, y tíos. Se cuenta que a la hora del regreso a Cuba, los niños sienten la partida como la pérdida de seres queridos, pero por suerte estos pesares son de los pocos que pasan rápido, con la llegada de los nuevos cooperantes.

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