La profe de Fort Liberté
Por Yuniet Escobar Ortega
Foto: Joel Mayor

La doctora Isara Naranjo Pedraza mira una y otra vez el pequeño recorte de Juventud Rebelde. Un grupo de jóvenes rodean a Fidel. Un inmenso titular anuncia la llegada de los nuevos especialistas en Medicina General Integral. Entonces, deja escapar la frase: "estos muchachos son mi mayor orgullo".

Siete meses en Haití fueron suficientes para estrechar los vínculos con nueve de los 63 graduados de excepcional rendimiento, que tras un año en distintas comunas del departamento Nordeste, partieron hacia Cuba el 18 de febrero pasado.

No traía la experiencia docente, solo la decisión de vencer cualquier reto fue suficiente. Nunca imaginó que a pesar de su labor asistencial sería profesora. Enfrentarse a jóvenes de excepcional rendimiento no era cosa de juego. Requiere mucha preparación.

Entre risas va contando las miles de anécdotas que escribe a sus hijos en el diario. No hay un momento que deje escapar un elogio para sus nueve estudiantes. Así voy conociendo las picardías de Isidro, Amaury, David, Rigoberto, Arturo, Osblady y los Carlos(Ramos y Hernández), y el gusto por la buena música de Damaris, la única muchacha del grupo.

"A Arturo Chang le encanta la electrónica. Ante cualquier problema eléctrico todos pensaban en el chino. Enseguida lo arreglaba. Entonces, me preguntaba muy serio: ¿profe no me habré equivocado de carrera?". Isara ríe.

Con Carlos Hernández y Damaris pasaba largas horas escuchando música clásica, hablando de buena literatura y cine latinoamericano. "A veces ni cuenta nos dábamos de la hora, si de ese tema se trataba. Me sorprendía la cultura general tan vasta que poseen. No solo saben de medicina. Están muy bien preparados".

"Además, tienen una capacidad de trabajo que sorprende. La tarea en las comunas no era fácil. La atención asistencial les robaba la mayor parte del tiempo. Eso, unido al estudio constante, las conferencias y la búsqueda de bibliografía para la preparación de la tesis, los mantenía muy ocupados. No obstante, siempre estaban de buen humor. Pocas cosas lograban molestarlos".

LA CITADELL

Dos tap taps (transporte haitiano), la larga caminata y la pesada mochila, no fueron impedimento para subir el complicado camino de la montaña. Tampoco podía desaprovechar la oportunidad. Por eso se unió a sus discípulos.

La Citadell es todo un misterio. Nadie quiere perderse la magia que habita en cada rincón. La imponente mole impresiona. Parece tranquila. Las piedras reposan del largo ajetreo de antaño. Los esclavos no suben. No se oyen los látigos. Sin embargo, Ti Noel asoma su cabeza a cada rato. Libre de ataduras y castigos desanda por el lugar.

"Desde mi llegada, vivo muy intensamente las historias de Alejo Carpentier. Parece increíble, pero siento que conozco cada personaje. Miro a los haitianos y creo encontrar al manco Mackandal, a Ti Noel... Por eso debía ir a la Ciudadela la Ferriere. Y hacia allá nos fuimos una tarde".

Las piedras a la espalda comienzan a pesar. Algunos se detienen. Piden un descanso. Se debate si continuar a caballo. Los deseos de llegar crecen. Al final, la decisión: "continuamos caminando. Si Ti Noel y sus compañeros pudieron con su carga, nosotros también".

Así parten nuevamente. Esta vez entre cantos y risas el tiempo pasa rápido. "¡Las ruinas de Sans Souci! Queda poco, profe. No se preocupe, de que llegamos, llegamos". Solo el esfuerzo y la voluntad logran el milagro.

Observa cada detalle. Casi en susurros rememora pasajes de El Reino de este Mundo. Toca cada pared. Mira los inmensos cañones. Cree ver el movimiento de miles de esclavos. Sus manos cargan inmensos bloques. "Profe, llegó la hora de la foto".

La voz le llega como un eco. Su vista continúa en el horizonte. Ahora cree observar a la familia real. Todo un hermoso desfile de gala. La carroza de Henry Christophe llega a unos metros. Parece descender con sus guardias.

La suave brisa y las historias repetidas una y otra vez ayudan a crear la magia. El misterio se devela. El silencio se rompe. Sus muchachos le hacen señas. Esperan por ella. El sonido de la cámara indica el fin. Todo recogido en una imagen que no logra captar a los cientos de haitianos que pensó ver.

Este año tiene nuevos discípulos con aventuras similares. Los rostros no son los mismos. Sin embargo, el ímpetu por salir adelante y triunfar se repite en sus once alumnos. Las tesis casi terminadas apenas aguardan la fecha indicada para la discusión.

¿UTOPÍA?

Esta profesora no deja de escribir cada emoción vivida en Haití. Sin dudas, no faltarán los relatos de su primera muerte, los números de enfermos de SIDA y la terrible situación de la niñez.

Al recordar el fallecimiento del pequeño de siete meses una lágrima corre por sus mejillas. Nunca antes la parca le había ganado una batalla. "El niño vino al hospital con una broncoaspiración. Intentamos todo. Lo llevamos rápido para el salón. Desgraciadamente se nos fue entre las manos".

Calla; es demasiado doloroso el recuerdo. Casos como estos no dejan de sorprender a cada médico. Ese día se sintió muy mal. La medicina es un reto constante. Creía estar preparada para una situación como esa, pero nunca se está lo suficiente. Solo el apoyo recibido por sus amigos le permitió sobrevivir esa experiencia. "Nunca lo podré olvidar" –asegura.

Sufre, llora no ya por la muerte de un pequeño, sino por la condena de otros. Los niños haitianos son capaces de arrebatar un suspiro. Los bultos en sus cabezas, las carretillas que ayudan a halar, la desnutrición, el SIDA, el parasitismo....es demasiado para esta galeno.

"Cada vez que veo la tristeza reflejada en el rostro de un infante pienso en mis hijos. En las cartas no dejo de explicarles como viven. Quizás ahora no lo entiendan, pero estoy segura que algún día lo harán. Para ese entonces, quizás ellos mismos sean los protagonistas y yo una simple madre esperando por sus cuentos".

A lo mejor el diario comenzaría diferente: Querida mami, hoy vi a muchos niños reír. Sus rostros radiaban de alegría...

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