El mensaje de las estrellas
Por Yuniet Escobar Ortega
Foto: Joel Mayor


[01.05.2002]
Aquella señora no temía. La pequeña casa permite el paso de dos personas. Una habitación hace de sala. Le continúa otra semejante. Allí, acostada sobre una rudimentaria cama improvisada, esperaba. En el falso techo un ataúd miraba día tras día a la anciana. Quizás aguardaba el momento para ser utilizado.

La doctora Juliette Navarrete Cabrera entró con el esfigmo en mano. La alarmante llamada de un familiar la había puesto en camino. Recogida como un ovillo la
madame respiraba con dificultad. La voz apenas se entiende.

Después de un reconocimiento se conoce la causa. "Solo un poco de presión alta. No coma con mucha sal. Mañana venga a verme. Debe tener un tratamiento riguroso. No se preocupe, no es nada serio".

La señora mira al techo y vuelve a reírse del sarcófago. "Todavía falta mucho", parece decir en un indescifrable idioma. Mientras tanto, la mortal madera parece molesta.

PETIT TROU

En Petit Trou, comuna del departamento especial de Nippes, es muy común encontrar historias semejantes. La gran mayoría de la población compra el ataúd mucho antes de morir. No resulta extraño encontrar varios en el techo de las casas. A veces, los niños tienen los suyos. 

De esta forma aseguran un gasto menos a la familia. "Al principio me sorprendía mucho. Nunca antes había visto algo semejante. Después de varias visitas uno se acostumbra"-explica Juliette, graduada con excepcional rendimiento.

El poblado asombra por su pobreza. Un poco de buena suerte y el milagroso dinero, de algunas familias en el exterior permite ir viviendo. Los más pequeños aseguran con su trabajo un plato de comida. Los cubos de agua los obligan a detenerse continuamente.

A lo lejos unas cuantas mujeres hacen malabares con sus bultos de ropa. No pueden dejar pasar la oportunidad de vender a los extranjeros. Quizás aseguren los cinco gourdes necesarios. No siempre llegan a tan recóndito paraje personas blancas.

Las difíciles condiciones del lugar no dejan de sorprender a la galeno cubana. Las experiencias en Guantánamo le permiten sobreponerse a cualquier problema. Muchas veces la remisiones eran en tractor. Las largas caminatas y las visitas a caballo a otros poblados se convirtieron en una práctica habitual.

Haití, sin dudas, le impone otros retos. Nuevas enfermedades y costumbres de vida diferentes. No olvida a la pequeña Gillain.

"La mamá la trajo con un grado de deshidratación alarmante. Era la primera vez que veía algo así. Pensé: se nos muere. Sin embargo, asimiló muy bien el tratamiento. En pocos días pudo regresar a su casa sin problemas."

Ella no es la única que ha logrado quitarle el sueño. Otros, como Joseph le roban algunas lágrimas. El pequeño, apostado en la puerta de la casa, espera un poco de comida.

No deja de pensar en Cuba. Esquiva la mirada. Trata de ocultar sus ojos llorosos. El recuerdo de su familia y amistades ronda constantemente en su mente. El trabajo constante en el hospital, y la dispensarización por las tardes, logran entretenerla. Por las noches, la Luna y las estrellas le permiten un deseo.

Entonces, habla, habla mucho. Los astros se encargan de transmitir el mensaje. La almohada, los libros de medicina y las lecturas en creole le hacen compañía.
 

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