Ayuda, no marines
Por
Joel Mayor Lorán
[05.03.2004]
Adeline permanece sentada, más
bien tirada sobre la acera, como cada día, aunque los rebeldes
y las tropas extranjeras se paseen con sus armas largas por
Puerto Príncipe. Tiene que tratar de vender su mercadería.
Quizás un disparo le cierre el
negocio para siempre. Ella no ve las noticias por televisión;
las vive en carne propia. Ha visto el pillaje y el saqueo. Se
enteró de los muertos en Miragoane y Jéremie hace tan solo
unas horas... y a pesar de la salida de Aristide. Mas, el hambre
la obliga a arriesgarse.

Foto: AP |
Está rodeada por cestas con
jabones, champú, pasta dentífrica, sogas para tendederas y
decenas de ilusiones llenas de polvo. A veces, nada le compran;
nada suficiente para darse el lujo de usar las mismas cositas
que vende. Por toda la acera le hacen competencia otras mujeres
con más cansancio de esa vida que miedo a la muerte.
A su lado ofrecen plátanos
fruta, hermosos de grandes y amarillos. De la pared cuelgan
vestidos, pulóvers, jeans y otras ropas recicladas traídas del
puerto para convertir en unos gourdes (moneda haitiana). Más
allá alguien vende revistas viejas con los cuentos de hadas de
la sociedad francesa y la norteamericana.
También como de costumbre hoy
vuelven a pasar frente a ella los hombres blancos, y algunos
mulatos y hasta negros, y mujeres, vestidos todos con níveas
batas. Echan el vistazo de siempre y marchan de prisa a sus
labores. Para ese grupo singular tampoco importan los tiros.
O mejor dicho, es la mejor
ocasión para demostrar humanismo. Adeline clava la vista en
aquel doctor. No sonríe. A su corazón le quedan muy pocos
motivos. Pero le dedica una mirada de esperanza y gratitud. No
han corrido tres meses desde que él atendiera a su hijo en el
hospital.
AYUDA
Claro, no es momento de hacer
las maletas. ¿Acaso los haitianos pueden huir? Ya ni esa
opción les queda. Los yanquis han apostado sus guardacostas y
echado cerrojo al mar. Otras embajadas instruyeron a sus
ciudadanos a abandonar el país. Cuba afincó pie en tierra.
"Nuestros médicos
continuarían prestando sus servicios en esas circunstancias,
cualquiera que fuese la evolución posterior de los
acontecimientos", declara un editorial este miércoles.
"Haití necesita de una ayuda humanitaria
incondicional".
Y añade: "Los
trabajadores cubanos de la salud (...) permanecen en sus puestos
a lo largo de todo el país; y en Puerto Príncipe, el único
hospital que mantiene abiertas sus puertas es uno improvisado
por ellos, donde no hay espacio que se desaproveche, al punto de
que, donde antes hubo un comedor, ahora hay camas para ofrecer
auxilios impostergables".
No les interesa si son
partidarios de Aristide u opositores, ni rebeldes, adinerados o
pobres. Realizan incluso intervenciones quirúrgicas complejas,
aun sin luz eléctrica; recurren a lámparas portátiles y a su
afán por salvar vidas. En las comunas de Fort Liberté y otros
departamentos tuvieron que recurrir a esas armas muchas veces.
Tanta dignidad inspira. Sobre
el hospitalito ondea la bandera cubana en señal de que
cualquier necesitado puede llegar hasta allí. Personal de la
Organización Panamericana de la Salud y autoridades de la Cruz
Roja Internacional se les une. La enseña de esta última flota
también.
¿CUÁNTO VALE?
¿Una vida? ¿Quién se atreve
a calcularlo? Para un médico, ganársela a la muerte puede ser
una vitamina dirigida al espíritu, un triunfo sin paralelo en
las grandes batallas de la humanidad.
Por eso no se rinden, a pesar
de las condiciones a las cuales han debido acostumbrarse.
Algunos comparten apenas tres horas de corriente eléctrica en
la noche, una casita con letrina en el patio, agua solo la que
compren, y un pequeño poblado con tan pocas opciones
recreativas como adoquines o asfalto en los singulares caminos.
El polvo recuerda las clásicas
películas del oeste. Una iglesia al centro del pueblo, como en
cualquier otro lugar. Dos o tres casitas buenas, con antenas
parabólicas. Ni acueducto ni alcantarillado. Y, si existiera un
diccionario de nuestra lengua, probablemente con tres páginas
de vocablos bastaría para describir lo demás.
¿Qué hacer con términos como
vivienda? Quizás tacharlo, o añadirle un nuevo significado.
Para la doctora Mahelys pudiera ser: factor de riesgo. En el
hacinamiento de estas, sin letrinas y con pésimas condiciones
higiénicas, se gestan las enfermedades, las verdaderas dueñas
de Terrier Rouge, Mole Saint Nicolas, Derac y otras comunas.
Pero sus habitantes tienen
derecho a la vida, aunque ni siquiera lo sepan. Está por verse
qué tipo de régimen le espera a Haití. Ojalá no vuelvan los
asesinos de otra era, de los tiempos de Henry Namphy, Raoul
Cedras y otros cabecillas.
Esperemos que la ONU contribuya
a la formación de un gobierno de unidad nacional, no impuesto
por Estados Unidos, como aquellos de Francois y Jean Claude
Duvalier... y nuestros médicos tengan tiempo de salvar nuevas
decenas de miles de sus hijos.
Más de 600 jóvenes haitianos
estudian Medicina becados en Cuba o en la facultad fundada por
profesores nuestros allá. La tasa de mortalidad infantil entre
menores de cinco años descendió de 159 a 39 por cada mil
nacidos vivos. Se ha inmunizado a casi 400 000 personas, sobre
todo a los niños.
Solo que no basta, la muerte de
un ser humano en cualquier rincón del planeta nos sigue
afectando.
¿MARINES?
No, alimentos. La paz ha de
quedar en manos de una fuerza dirigida por la ONU, no de los
profesionales de la guerra. Eso requiere Haití.

Foto: AP |
Cuba envió un cargamento de
525 módulos especiales de casi 80 medicamentos, uno para cada
colaborador nuestro, a fin de que puedan servir a la población
en estas circunstancias particularmente difíciles.
Presidentes vienen y van. A
algunos hasta los secuestran los vecinos del norte. Quizás al
principio les llamen "Titid", como a Jean Bertrand, al
triunfar en aquellas olvidadas elecciones. Pero tendrán las
manos atadas, si quienes saquearon su suelo no ayudan
incondicionalmente.
A los Estados grandes y chicos
de la América de Martí nos corresponde asistir a esta pequeña
nación, para que su gente pueda comer más de una vez al día y
aspire a vivir más de 56 años. Allí comenzó, hace otros 200,
la lucha de nuestros pueblos caribeños y latinoamericanos por
su libertad.
El problema es desaparecer la
pobreza, no a los pobres.